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La apertura

Mientras yo sacaba la cámara, una maquiavélica mente maestra planeaba mi aniquilación entre alfiles metrosexuales, torres con cañones y fieros peones.

El muy pillastre me vió enrocarme: «Tito, eso no se puede hacer» «Claro que se puede, se llama enrocarse y bla bla bla». Al cabo de un par de movimientos, él hizo lo mismo.

Me dejé perder, que conste.