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Polvo eres

De todas las maldiciones que le pueden a uno tocar en desgracia a la hora de vivir en un piso propio, pocas hay que puedan superar la de tener a unos vecinos ruidosos.

Es bien cierto que las construcciones de hoy no son las de antes, y los tabiques y muros de las casas son cada vez más finos. Pero esto, por lo general, lo único que supone es que si uno presta la atención suficiente puede seguir con suma precisión la periodicidad del tránsito intestinal del vecino de arriba o de al lado, así como sus costumbres de aseo. Nada del otro mundo.

Pero si los vecinos hacen ruido, ¡ay amigo!, prepárate para pasarlo mal.

De las tipologías de vecinos ruidosos podríamos rescatar varias, a modo de galería de horrores: están los vecinos fiesteros (probablemente estudiantes universitarios), la familia con una interminable procesión de chillones churumbeles, el vecino pianista (una tortura si no es muy ducho), el guitarrista heavy (sin comentarios), los que cocinan a horas intempestivas, el bricomaniático (¿quién narices se pone a perforar un tabique a las nueve de la madrugada de un domingo?) y, por supuesto, los niñatos melones melómanos que insisten en recordarnos que su equipo de alta fidelidad chupa la potencia de toda una subestación eléctrica (a lo cual ahora se habrá añadido la variante del cinéfilo con su 5+1). Obvia decir que estas variedades no son excluyentes entre sí.

Pero todos estos auténticos terrores palidecen ante la peor, con diferencia, amenaza para la tranquilidad doméstica: los vecinos que serían contratables como actores de doblaje en una película porno.

Y es que, estamos de acuerdo, cuando la pasión se desata todo tipo de actitudes consentidas han de ser bienvenidas; pero el caso es que yo no consiento que la actividad sexual de mis vecinos de arriba me robe el sueño a las dos de la mañana: sobre todo porque (no sé por qué) a esta pareja parece que se le enciende la luz roja los jueves por la noche, y yo los viernes me tengo que levantar a las seis y media.

No crean que se trata simplemente de un exceso de atención por mi parte. Podría serlo si los niveles sonoros de traqueteo del cabecero de la cama se quedaran en los prolegómenos, que podrían confundirse incluso con el batir de una persiana suelta cuando hay viento por la noche. Pero estos dos elementos (a veces hasta dudo que sólo sean dos) no se quedan ahí, normalmente la cuestión va in crescendo hasta que el quejido de los muelles, acompañado por los golpes del cabecero, van siendo sustituidos por una serie de trabajosos y acompasados jadeos (masculinos y femeninos, todo sea dicho) hasta llegar finalmente a la lógica y por todos esperada culminación (sobre todo por mí). Normalmente el mencionado tránsito dura unos 20 minutos, más o menos, y siempre más allá de la una de la noche. La frecuencia viene a ser semanal con mayor preferencia por los jueves, como ya he dicho.

¿Hay algo que se pueda hacer?

Descartando soluciones que incluyan la violencia física (sobre todo tras evaluar la corpulencia del vecino en cuestión tras algún encuentro en el ascensor), lo primero que se me ocurre es lo de llamar a la Policía municipal pero claro, se me hace algo violento llamar al agente de turno y decirle: “Oiga, que mis vecinos están follando y hacen ruido”. Otras posibilidades, más imaginativas, pueden ser la de levantarse y, sin cortarse un pelo, llamar a la puerta del vecino, pero de nuevo parece algo ridículo pedirle a alguien que cuando abrace a su pareja lo haga observando un monástico silencio. He pensado también en contragolpear con usando la misma técnica (y cuando flaqueen las fuerzas, usar unos buenos altavoces y alguna película al efecto) pero claro, esto, aparte de patético, puede hacer que haya entradas colaterales en las bitácoras de los vecinos…

Lo que le faltaba a la blogosfera, vamos :-)